A cargo de Lilibeth Alfonso Martínez
Lo que hay que temer es al miedo mismo, sobre todo si es al fracaso. Ese te inmoviliza de tanto cuidarte, de tanto preservar la calma y las cosas ciertas. Quien no se arriesga no cruza el río, dice el refrán popular que le hace frente al temor a tropezar, a no estar en lo cierto, a las caídas bruscas.
Varias historias apoyan la idea del hombre fuerte sólo cuando se atreve. Acá van algunas…
El gato
En una ocasión, Mark Twain contó la historia de un gato que un día saltó para subirse a una estufa caliente y se quemó la panza. Ese gato nunca más volvió a saltar para subirse a una estufa caliente ¡pero ese mismo gato ¡nunca saltó para subirse a una estufa fría, tampoco!
¡Mil doscientos sesenta y dos abanicadas!
Allá por 1974, cuando Hank Aaron estaba a punto de alcanzar la marca del mayor número de cuadrangulares de todos los tiempos, impuesta por Babe Ruth, una mañana llamé por teléfono a su club de béisbol, los Bravos de Atlanta.
Finalmente me comunicaron con su departamento de relaciones públicas, y planteé mi pregunta:
Sé que Hank lleva setecientos diez cuadrangulares y que sólo necesita cinco más para romper la marca de Ruth, pero me surgió una duda, ¿cuántas abanicadas lleva en su carrera? ¿Abanicadas, dice usted? – me preguntó titubeante al joven que estaba al teléfono. Sí, ¿cuántas abanicadas?
Discúlpeme, pero tendrá que aguardar mientras averiguo ese dato, señor.
Así lo hizo y pasaron varios minutos antes de que regresara al teléfono. - Señor Mandino, hasta anoche, Hank llevaba setecientos diez cuadrangulares y, como usted sabe, sólo necesita cinco más para romper la marca del mayor número de cuadrangulares de todos los tiempos, impuesta por Babe Ruth... Sí, ya sé... Y en toda su carrera, lleva mil doscientos sesenta y dos abanicadas.

En la época clásica se escribía todo en mayúsculas. Y así fue hasta que se inventó la minúscula en tiempos de Carlo Magno basándose en la letra carolina. En ese momento se buscó un alfabeto más fácil de leer y escribir. Hacerlo en minúsculas fue una solución. Desde ese momento, al escribirse en minúsculas, la mayúscula se mantuvo en los distintos idiomas en diferentes situaciones. Por ejemplo en alemán se mantuvo la mayúscula para encabezar todos los sustantivos y en español y otras lenguas romances, sólo los nombres propios. En el siglo XII la mayúscula marcaba el inicio de un capítulo o párrafo y facilitaba la identificación de las personas citadas en transacciones y documentos. En el siglo XV, con la llegada del humanismo, el uso de la capitular se impuso para distinguir los nombres propios de los comunes iguales (Rosa/rosa).
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