
Cultivando malestares
Por Lilibeth Alfonso Martínez
Lo que le duele al guajiro se lo siente la tierra. Y no son pocos los “achaques” de Carlos Rodríguez García, dueño de la finca La Georgina, ubicada en la localidad de La Coabita, municipio de Yateras.
Citrícola por excelencia, este hombre durante años se benefició con la venta de naranja ecológica para la exportación que, además de un pago en pesos cubanos, le garantizaba “puntos” en una tienda de estímulos en la que adquiría artículos electrodomésticos, de aseo personal, cocina…
No era perfecto, “pues por lo menos a mí nadie nunca me explicó cómo se acumulaban los puntos. Yo sabía que si producía más, crecían, pero no la proporción. En un tiempo, íbamos a la tienda, nos daban los artículos y ni siquiera sabíamos cuántos puntos teníamos, de qué podíamos disponer, aunque eso después se arregló”.
A pesar de los pesares, desde que entró en ese plan de la naranja ecológica para la exportación, en el 2002, Carlos pudo comprarse un refrigerador, y cubrir algunas necesidades de su familia, “aunque en los últimos tiempos lo único que había era aseo personal y aceite, prácticamente, y no surtían de acuerdo a nuestras peticiones”.
Esos negocios, cuenta, primero los hacía con la Empresa de Cítricos de Contramaestre y, luego, con Coco Baracoa que un buen día del pasado año, por una explicación que por lo menos Carlos no recuerda, decidió no comprar más naranja para la exportación. “En el 2012, sólo vendimos para el consumo nacional, que no da puntos”, rememora.
El problema, asegura, es que en las dos cosechas anteriores a esa decisión –las de los años 2010 y 2011- se “olvidaron” de pagarle los puntos o lo hicieron sólo en parte, y “siguieron manteniendo el precio de 21 pesos cubanos el quintal, muy por debajo de los 35 pesos que pagan por el de naranja para el consumo nacional”.
En general, “me deben los puntos de unos 500 quintales de naranja ecológica que vendí para la exportación”. En un tiempo, se rumoró que a falta de puntos, se les iba a abonar la diferencia con respecto al precio de la naranja de consumo nacional, que no era mucho pero por lo menos algo, “y hubiera estado de acuerdo, pero fueron habladurías”.
Lo concreto, “es que nadie se acuerda que nos deben dinero, y no hay quien dé la cara para decirnos qué solución se adoptará con nosotros, porque le recuerdo que no soy el único afectado”, nos dijo, personalmente, en una de sus visitas a esta redacción.
“Ya no sé qué hacer. Me he quejado con la ANAP, en Acopio y en otras oficinas de Yateras, y nada. Porque yo no soy de esa organización campesina, ni pertenezco a ninguna CCS, pero a la hora de vender mis producciones les pago una parte como si lo fuera, y cumplo lo establecido por la ley. Ese es nuestro dinero, nuestro esfuerzo. No es justo que nos quedemos sin cobrar”. |